UN LEGADO DE AMOR DESDE EL TEPEYAC

UN LEGADO DE AMOR DESDE EL TEPEYAC

Cada 10 de mayo, México se viste de flores, canciones y abrazos para celebrar a sus madres. No es una fecha más en el calendario; es el eco profundo de una devoción que, para los católicos mexicanos, tiene un sólo y verdadero origen: la Virgen de Guadalupe. Ella es, desde hace casi cinco siglos, la primera y más perfecta de las Madres, el modelo eterno al que cada mujer que ha recibido el don de la maternidad puede y debe mirar. Este 10 de mayo, más que un día de regalos y reuniones familiares, es la oportunidad de expresar ese amor contenido durante todo un año, reconociendo en nuestras madres el reflejo vivo de aquella Morenita del Tepeyac.

La celebración del 10 de mayo en México, si bien, fue instituida formalmente en 1922 por iniciativa del periodista Rafael Alducin y apoyada por el entonces Secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, tiene sus raíces en algo mucho más antiguo y sagrado. La veneración a la maternidad en nuestra tierra es prehispánica, pero fue con la llegada del Catolicismo y, sobre todo, con la milagrosa Aparición de Santa María de Guadalupe en 1531, que esta tradición encontró su máxima expresión y su significado trascendente. No es casualidad que la Iglesia Católica haya celebrado siempre a la Virgen María durante el mes de mayo, una costumbre que influyó para que muchos países católicos, incluido el nuestro, consagraran este mes a honrar a las madres.

El 10 de mayo es, en esencia … ¡Un eco terrenal de esa devoción celestial!

¿Y qué atributos de la Virgen de Guadalupe la convierten en el modelo perfecto para cada madre mexicana? La respuesta la dio Ella misma, con sus propias palabras, al humilde indio Juan Diego en el cerro del Tepeyac. Ella se presentó como la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive, creador de la humanidad. Pero, su mensaje más conmovedor, aquél que resuena en el corazón de todo hijo y toda madre, fue su promesa de protección y consuelo. Ante el miedo y la aflicción de Juan Diego por la enfermedad de su tío, la Virgen pronunció las palabras que se han grabado en el alma de México: ¿No estoy aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿no soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? No te apene ni te inquiete otra cosa. Esa es la esencia de Su maternidad: una presencia que acoge, un regazo que protege, una voz que consuela y una fuerza que sana. Ella no sólo es la Madre de Dios, sino que se presenta como Madre de misericordia del individuo, de la nación y del orbe todo. Su amor no conoce límites, y en ese amor infinito, reside el modelo para todas las Madres.

Cada madre mexicana, al igual que la Virgen de Guadalupe, es llamada a ser un refugio de ternura. Las madres son quienes, con su sola presencia, disipan los miedos de sus hijos, como Ella hizo con Juan Diego. Son ellas quienes, con su abnegación silenciosa, tejen el manto de protección sobre el hogar, un eco del manto estrellado de la Virgen. Son ellas quienes, en el silencio de la noche o en la rutina del día, derraman ese amor compasivo y esa defensa constante que la Madre del Cielo prometió prodigar a todos los que la aman y la buscan. Ser madre es, en esencia, un sacerdocio doméstico, una participación en la misma Maternidad divina que Guadalupe nos reveló.

Por eso, este 10 de mayo, honremos a nuestras madres con la profundidad que merecen. No sólo con un regalo o una comida, sino con el reconocimiento sincero de que en cada una de ellas palpita un reflejo de la Morenita del Tepeyac. Son ellas las que, con su ejemplo de fe, entrega y fortaleza, nos enseñan el camino hacia el verdadero Dios. Son ellas quienes, como la Virgen, nos toman en sus brazos y nos dicen, con la misma ternura: No estás solo, aquí estoy yo, que soy tu madre. A la Virgen de Guadalupe, modelo de todas las madres, y a cada madre mexicana que lleva su luz en el corazón: ¡"Gracias por este amor sin medida y por ser, en la tierra, el rostro más hermoso de la Misericordia de Dios"!