PORQUÉ NO TE HABÍA VISTO

PORQUÉ NO TE HABÍA VISTO

Por: Cristóbal Ortega L

Parado frente a la casa observo la fachada, creo que nunca antes lo había hecho, veo la puerta, la ventana y me doy cuenta que en un tiempo estuvieron pintadas de color amarillo, se deduce porque en la parte superior, de la ventana y puerta, aún se conserva la pintura. Saco las llaves y al abrir la puerta y sin esperarlo se me agolpan en mi mente un sinfín de recuerdos, lo primero que veo son unas sillas y una mesa llenas de polvo, mucho polvo, levanto la vista y al fondo veo los granados, la lima, el limón y el mezquite. Tomo una silla por la parte superior y la golpeo contra el piso varias veces, suelta polvo y me siento un momento, con calma y sin prisa contemplo todo de nuevo. Es la casa de mis padres, donde pasé mi infancia hasta los trece años.

En muy pocas ocasiones he experimentado la sensación que sentí, una especie de tranquilidad, melancolía y una catarata de recuerdos. Me doy cuenta que lo que fue el patio y jardincito está lleno de maleza, el zaguán lleno de telarañas; en el piso, además de polvo, está lleno de basura. De verdad perdí la noción del tiempo y podía seguir ahí sentado, pero reacciono, me levanto, abro la puerta de una de las recámaras y capto de inmediato el olor a humedad. Aquí el polvo es finísimo y también lo cubre todo, el techo está lleno de telarañas, abro la ventana casi por instinto de necesidad de aire fresco, se me ocurre pensar que el aire que respiro está añejo, cual vino olvidado en alguna barrica.

Así recorro toda la casa, habitación tras habitación, la cocina, el baño y en todas hago lo mismo, abrir puertas y ventanas. De pronto oigo voces que provienen de la calle, me doy cuenta que dejé abierta la puerta de entrada de la casa y las señoras que pasan les llama la atención y se asoman. Al verme se sorprenden y con una sonrisa me saludan, no saben quién soy, ni yo sé quiénes son, sus rasgos me resultan familiares, siguen su camino y yo me vuelvo a sentar en la silla polvorienta.

En varias ocasiones regresé, de visitas muy rápidas al pueblo, en una o dos veces entré a la casa. Era joven y no veía las cosas con los ojos con los que ahora las contemplo. El tiempo ha pasado, me percato que todo está impregnado de recuerdos de mi infancia, los frutos de los árboles, granadas, limas y mezquites compartidos con amigos que hoy no sé de ellos. ¡Hace tantos años! Los juegos con mis hermanos, y me sale del alma decir - "si el mezquite hablara"- les contaría todas las horas que pasamos en el columpio y les diría que en muchas ocasiones fue mi cómplice, pues en sus ramas más altas me escondía o refugiaba cuando me buscaba mi madre para que respondiera por alguna travesura o para que no me hallaran y otro de mis hermanos hiciera los "mandados".

Seguramente ya pasaron algunas horas y yo sigo disfrutando el momento. Entro de nuevo a una de las recámaras y abro con mucho cuidado una petaquilla, empiezo a hurgar, en una esquina esta una caja de color azul llena de cartas, encuentro una carpeta de cartón con fotografías de parientes que nunca conocí, una foto de una boda, otra de unos niños junto a un árbol de Navidad, un señor con un bigote muy abultado, rostros muchos rostros, unas son de color sepia y otras en blanco y negro, capto un tufillo de naftalina; sigo buscando y veo unas tijeras marca "Arbolito" , agujas y varios carretes de hilo para costura, también me encuentro unas monedas de un centavo y dos centavos, una de diez centavos de palta, una bolsita con botones de diferentes formas, tamaños y colores, tal es el contenido de este mi primer descubrimiento.

Emocionado sigo buscando y voy abrir lo que en un tiempo debió de ser una maleta de viaje; es de cuero con las esquinas y orillas de lámina color verde militar, toda abollada y el cuero desgastado en varias partes. Trato de levantarlo y busco dónde ponerlo para inspeccionar su contenido con un poco de comodidad, recorro el cuarto con la vista y ¡oh sorpresa! lo que acabo de descubrir; un Cristo colgado de un clavo, ¡Cómo es que no lo había visto! Dejo la maleta doy unos pasos hacia el crucifijo y lo descuelgo, con mis manos le quito el polvo y telarañas, lo contemplo, el Cristo es de color negro y la cruz de madera angulada, de 30 centímetros aproximadamente, recuerdo haber escuchado que mi abuela se lo regaló a mi madre.

Uno de los recuerdos que he tenido de mi madre es su imagen, de rodillas, junto con nosotros, ante el Crucifijo rezando el Santo Rosario, ¡todos los días lloviera o tronara! También la recuerdo hincada, en profundo silencio, su cabeza cubierta con un rebozo gris, moviendo sus labios, su mirada puesta en el Crucifijo, yo entraba corriendo, como cualquier niño y mi madre con solo mirarme me imponía un silencio místico, digo yo. Estoy seguro que con sus oraciones mi madre, le arrebató milagros al Señor por sus hijos, por mis tíos, por mi padre, y estoy seguro que por sus oraciones ante este Crucifijo mi santa madre me alcanzó la gracia de no perderme en el abismo, me alcanzó la oportunidad de pedir perdón por todos mis errores y horrores.

Cerré todas las puertas y ventanas, tomé el Crucifijo y me lo traje a mi casa, con mi familia, esposa e hijos. Lo coloqué en la cabecera de mi cama y hoy, ante el mismo Crucifijo que rezó mi madre, hoy rezo y le pido por mis hijos, hermanos y amigos. Yo sé que las oraciones lo mismo valen, que lo importante es la Fe, que Dios, por el inmenso amor que nos tiene, diario está atento y deseoso de escuchar nuestras plegarias y peticiones. El tiempo habrá de pasar, llegará el día en que seré llamado y habré de rendir cuentas ante el Dios de Amor, pero también el Dios de Justicia. Sólo seré un recuerdo para mis seres queridos y mi anhelo es que mis hijos sigan arrodillándose ante este Crucifijo y le sigan arrebatando milagros.