LA ESCALA ESPIRITUAL - I

En la ciudad de Tijuana, B. C., se encentra un Café en el que acuden los interesados en saborear un buen Latte, con un delicioso Strudel de manzana, al más puro estilo de Europa Central. Es un buen lugar para platicar y tiene a la vista la Avenida Revolución. El Café se llama "Praga".

Este Café bistro es el lugar al que acuden dos amigos todos los lunes para intercambiar opiniones, información y, sobre todo, pasar un buen rato con personas inteligentes

Era un lunes por la tarde y se hicieron presentes los dos amigos; toman asiento en la terraza justo después de llover y el ambiente era freso y cálido a la vez.

-¡Hola Alberto! ¿Cómo te fue de semana? -pregunta Javier, un joven abogado, inquieto y curioso-.

Alberto, por su parte es un experto en Ciencias de la Información, de unos 40 años, que usa lentes de armazón sólidos. A la pregunta de Javier, éste responde:

-Bien, bien, En esta época del COVID tienes que talonear más duro para sobrevivir a esta contingencia... Y tú Javier ¿cómo te va?...

Javier, por su parte, responde con un movimiento de hombros que significa "pos, más o menos" ... En este tiempo en el que el trabajo está bajo y los tribunales están cerrados, me ha dado tiempo de pensar en cosas que no tienen nada que ver con la situación económica que atravesamos y he estado tratando de "hacer oración", pero creo que las formas tradicionales me ayudan poco. Siempre he tenido inquietudes espirituales, pero no la manifiesto ¡porque la gente se burla... de uno!

Alberto lo observaba con atención y escuchaba a su amigo en esta lucha interior que enfrentaban y le dijo:

-Alberto, no te desesperes, es muy común en esta época, de ruido y tecnología, que las personas no puedan abrir esa puerta misteriosa que es la vida interior... Yo, a pesar de ser alguien dedicado a la ciencia, tengo que compensar la fatigosa tarea que implica la "programación" y debo quitar de mi mente el pensamiento lógico de lo algoritmos, las redes y los nodos para tener algo de paz... Eso, eso es lo busco... ¡la paz interior!

-Mira -dice Alberto- he encontrado una forma sencilla de llegar a ella y está comprendida en una tradición monástica del siglo XI.

-Habla, habla -responde con ansiedad Javier-. ¿Cómo está eso?...

-Fíjate, allá por el año 1174, un prior de la Gran Cartuja en Saint Pierre de Chartreuse, en Francia, recogió el espíritu de San Bruno, en una carta a su amigo Gervasio... Este Prior se llamaba Guigo II y nos habla del método de San Bruno -cuyo nombre significa en alemán <<coraza>>-, y fundó este famoso monasterio. La gente común lo asocia a una bebida azucarada muy fuerte llamado "Licor de Chartreuse". Es una historia muy larga, pero es delicioso.

-Si, si -replica Javier-. Ya lo he bebido. Está hecho de hierbas y se presenta en dos colores, verde y dorado... ¡es un digestivo muy apreciado!

-¡Vaya, vaya, ya nos vamos entendiendo!... Pues resulta que San Bruno nació en el año 1030, hace casi 1000 años, y fundó la comunidad religiosa más austera y penitente... ¡los monjes cartujos! Antes de su fundación, a sus 27 años, ya era Director Espiritual de muchas personas importantes. Dicen que por aquel tiempo oyó Bruno una historia que le impresionó muchísimo. Le contaron que un hombre tenía fama de ser una buena persona (pero que en la vida privada no era nada santo), durante su funeral, el muerto pronunció tres frases. En la primera dijo: "He sido juzgado"; en la segunda: "He sido hallado culpable" y en la tercera: "He sido condenado". Esta historia y otros pensamientos muy profundos llevaron a Bruno a alejarse de la vida mundana y dedicarse totalmente a la vida de oración y penitencia en un sitio alejado, que ahora se llama "La Gran Cartuja de Chartreuse".

-¿Y qué pasó luego?

-Pues que el Monasterio de la Gran Cartuja fue levantado por San Bruno para seguir su verdadera vocación y dejar el mundo para vivir únicamente para Dios. Se dirigió con seis amigos a Grenoble, atraído por la reputación de su joven Obispo Hugo de Chateauneuf, quien les dio permiso para asentarse en el corazón del valle salvaje de Chartreuse, un macizo tan poco habitado, que fue apodado "el desierto" -por la soledad que se respiraba-. El valle tenía una extensión de 8,500 hectáreas y tomó su nombre del Monasterio. Es el bosque estatal más grande de los Alpes franceses, un verdadero remanso de paz y silencio.

-¿Y?... -Preguntó Javier- ...