¿Estamos ante una nueva querella de las imágenes?

                                                                       Por : Carmen Corona de Romo

Los primeros 300 años de vida cristiana fueron de martirio y de persecución. Cuando Constantino promulgó el Edicto de Milán en el 313 se gozó de libertad de culto pero los siguientes 300 años transcurrieron en medio de

polémicas teológicas que felizmente terminaron cuando se formuló el credo niceno-constantinopolitano. Esas vicisitudes no permitiron construir un corpus artístico de gran peso no obstante el valor de muchas obras de arte de la época. No es sino hasta que dos tradiciones culturales y religiosas: la bíblica y la grecorromana llegan a asimilarse, cuando empieza verdaderamente la originalidad del arte cristiano.

Y es precisamente el arte bizantino el que mejor representa el arte cristiano por excelencia, porque se fundamenta profundamente en el dogma, porque resume el arte de toda la época anterior e influye en el de muchos siglos después y porque, arraigado fuertemente en lo popular logró que los tipos artísticos nacidos de un concepto teológico fueran captados también con la sensibilidad y adoptados como imágenes nacionales en algunas ocasiones.

La sociedad cristiana de los primeros tiempos carecía de arte propio y cuando deseaba adornar o representar algo, echaba mano del repertorio artístico pagano aunque aportando algunos temas y otros elementos. Por ejemplo, la vid significa el vino, que se transforma en sangre de Cristo; el ancla, la cruz; la paloma es representación del Espíritu Santo; el pan, el cuerpo de Cristo; el cordero, Cristo inmolado.

Pero para el cristiano, para quien no existía la prohibición vigente para judíos y musulmanes de no intentar representar la figura humana y mucho menos intentar representar la divinidad, la historia fue otra. Según la doctrina cristiana Cristo es Dios y ha tomado forma humana. Después de Cristo, se abre la ventana por la cual podemos asomarnos a ver el rostro de Dios. La Encarnación divide la historia y el el fundamento de todo el arte religioso. Ninguno de los evangelistas, sin embargo, menciona ningún rasgo físico de Cristo a pesar de la intimidad que tuvieron con él. Pero no importa, si Dios tomó forma en Cristo, es justamente la humana la forma que mejor lo representa.

A esta conclusión llega san Pablo cuando afirma que Cristo es "la imagen de Dios invisible" (Colosenses 1,15) y que en "él reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente" (Colosenses 2,9). Según esta teología es Cristo, revestido de nuestra humanidad y al mismo tiempo iradiando la plenitud divina, el verdadero icono o imagen por excelencia. El artista iconógrafo tiene ante sí una ingente tarea: pintar la cara de Dios que se nos revela.

Por esto es la pintura una de las artes que más han sido favorecidas por el arte religioso.

En el icono o imagen sacra se resumen todas estas cualidades de dogma, de arte y de piedad. Su fondo místico tiene su origen en las verdades de la fe expresadas en la Biblia y de manera especial en los Padres de la Iglesia Griega. Todos ellos coinciden en la raíz del arte cristiano: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre,lleno de gracia y de verdad" (SnJuan 1,14).Este hecho autoriza la representación pictórica, autoriza la veneración de la imagen y fomenta su uso litúrgico y popular.

El arte bizantino recogerá todas las influencias del mundo antiguo, las pasará por la doctrina cristiana y dará por resultado una obra artística de extraordinaria homogeneidad y permanencia, por primera vez al servicio del esplendor de la fe.

De los primeros siglos hay pocas pinturas. Se conservan en el monasterio de Santa Catalina del Sinaí tres extraordinarios iconos del siglo VI que se consideran los más antiguos: san Pedro, Cristo Pantocrátor y la Virgen Madre de Dios. De la misma época son La Virgen con el Niño y la Teotokos Entronizada que se encuentran en Santa María La Nueva en Roma. El icono de los santos Sergio y Baco, que se encuentra en el Museo de Arte de Kiev pertenece también a este período. Todos estos iconos están pintados a la encáustica, es decir, una técnica muy antigua en la que se funden los colores con cera caliente y se graban en la madera con un punzón. Casi todos están en bastante buena condición. Pero debido a las guerras iconoclastas de los siglos posteriores, los ejemplares de arte bizantino anteriores al siglo X son sumamente raros.

Pero la imagen religiosa siempre ha tenido opositores y favorecedores que han llegado inclusive a tomar las armas. La "querella de las imágenes" o lucha entre los iconódulos o defensores de las imágenes y los iconoclastas o destructores de las mismas, que duró desde el año 730 hasta el 843 consiguió acabar con numerosos ejemplares artísticos.

La querella surgió cuando el califa Yezid II mandó destruir las imágenes cristianas de aquellas regiones que se hallaban bajo el poder musulmán, basándose en la prohibición del Corán de representar figura humana o de animales. Influenciado además por el judaísmo consideró las imágenes como idolatría y superstición. Casi simultáneamente, el emperador León II el Isáurico, fundándose en los monofisitas que negaban la naturaleza humana de Cristo mandó destruir un icono de Cristo muy venerado que estaba en la puerta del palacio imperial. Con este irreflexivo acto provocó un levantamiento popular en su contra que él procuró paliar pidiendo al Patriarca de Constantinopla que lo apoyara. El Patriarca San Germán, se negó y fue condenado a reclusión de por vida. Se hizo entonces destrucción sistemática de templos. Se sustituyeron los iconos con pinturas de flores, aves, escenas de caza y de carreras de caballos. Muchos murieron en esta querella por defender el culto a las imágenes y muchos escribieron extensos tratados de apologética como San Juan Damasceno . (En Defensa de las Imágenes). Los iconógrafos sufrieron el castigo de mutilación de las manos. En respuesta, el Papa Gregorio III excomulgó al emperador y a los iconoclastas. Hubo algunos períodos de tregua hasta que ya en el año de 843, la emperatriz Teodora hizo restablecer de manera definitiva el culto de las imágenes con una gran fiesta que se celebró en la basílica de Santa Sofía.

La querella de las imágenes puso de relieve muchas causas que la provocaron: el abuso del poder imperial, la nobleza y en ocasiones la traición del alto clero. Del lado de los iconódulos estaban el bajo clero, los monjes y el pueblo. Pero no se debatía sólo un problema de arte o una minucia religiosa, sino que el corazón mismo de todo el arte cristiano estaba en juego la legitimidad de la representación de Cristo sin cuya convicción podría decirse que no existe el cristianismo. El Concilio de Trento confirmó que el culto de latría se debe sólo a Dios y a las imágenes sólo un culto relativo, de ninguna manera son el objeto final de la veneración.

Ya en el siglo XVI con el advenimiento del protestantismo, se plantea de nuevo el problema de la imagen, pero desde el punto de vista sensual. El protestantismo consideró que la imagen distraía al fiel de la adoración pura debida a Dios y lo entretenía con pensamientos pecaminosos así que retiró de los templos toda clase de imágenes.

Infelizmente, esta actitud se ha replanteado nuevamente en el Siglo XX y en el XXI y muchos templos han sufrido el desnudamiento de la imagen con el pretexto mismo de la austeridad protestante. El sector "progresista" de la Iglesia Católica ha entrado en esta controversia y con gran pugnacidad especialmente en el Siglo XXI, durante el cual no sólo la pintura o escultura, sino la música, han sufrido enorme deterioro y abuso. En alguna ocasión hemos sido testigos de llegar a un templo que tiene al frente una cruz, sin la imagen de Cristo, y no tiene absolutamente ninguna otra evidencia de que ese sea un templo católico. Por otra parte, también atestiguamos una Misa en la que el acompañamiento musical era de rock and roll con instrumentos electrónicos, incluida la batería. Al final de este "concierto" toda la congregación aplaudió, como si estuviésemos en un teatro.

El 17 de julio de 1918, con la caída del zar Nicolás II y toda su familia, asesinados por órdenes de Lenín en el sótano de una casa de Ekaterimburgo, cayó simbólicamente todo el pasado cristiano de Rusia. En 1922 se cerraron los templos y se confiscó toda la propiedad de la Iglesia Ortodoxa Rusa. En 1925 murió el Patriarca de Moscú y no se autorizó un sucesor. Años de dura represión se vivieron desde Stalin hasta Chernienko. El arte pictórico religioso expresado en los bellos iconos rusos, fue ocultado en ocasiones debajo de la tierra, con lo que sufrió grave deterioro. Con Mikhaíl Gorbachov y su política de glasnost y perestroika se vio alguna esperanza ya que declaró que "Los creyentes también son ciudadanos soviéticos y tienen completo derecho a expresar sus convicciones". El 13 de octubre de 1989, después de 71 años de suprimido el culto, se celebró una solemne acción de gracias en la Catedral de la Anunciación en el Kremlin de Moscú.

La suerte del arte religioso ruso está ligada a la suerte de la Iglesia Ortodoxa y a la piedad de sus fieles. Después de quitar a los iconos las capas de polvo que los afeaban y de sacar de los sótanos o de los graneros los tesoros de arte religioso que todavía no habían sido confiscados, una nueva valoración del arte ha ido surgiendo. Como muestra de su deseo de apertura, Boris Yeltsin ha devuelto a la Iglesia Ortodoxa dos iconos de Rubliev que se encontraban en el Galería Tretiakov.

En Occidente, principalmente durante el Renacimiento, la pintura religiosa perdió mucho de su misticismo y en cambió se "humanizó" en exceso. Se hicieron bellísimas pinturas con los temas sacros preferidos, pero lo que ganaron en belleza muchas veces perdieron en piedad. Así sucedió con las imágenes de Cristo, de la Virgen, o de los santos.

Los artistas han creido que los temas religiosos son bienes mostrencos, y así hemos visto la total desacralización de la imagen de la Virgen de Guadalupe, en la estatua que está frente al Templo del Refugio, en la Ciudad de Guadalajara, Jalisco, México.

En estos últimos años, el artista de origen eslovaco, nacido en 1954, Marko Iván Rupnik, ha logrado rescatar mucho del misticismo de la imagen de culto en sus obras en mosaico y en pintura, que se encuentran en la Catedral de la Almudena en Madrid, en la Capilla Redemptoris Mater en el Vaticano, en las Basílicas de Lourdes y de Fátima, y en muchos otros lugares. Su obra puede llamarse neobizantina, porque rescata la austeridad y la profundidad de la imagen religiosa más antigua.

La imagen de culto ha sido siempre objeto de polémica y de divergencia de opiniones debido a que se mezclan en su expresión elementos profanos y, más aún, elementos nacidos de conceptos políticos que no tienen nada que ver con la sacralidad de la imagen.