¡EL AMOR DE MI VIDA!


Hay muchos amores que se disputan la atención del hombre, el amor a Dios, el amor al prójimo del cual se deriva al amor a la patria, familia, a los valores, a la verdad y a la ciencia, al trabajo, a la naturaleza, etc.

Pero vamos a hablar de los amores básicos: del que te mantienen vivo, del que realiza como ser humano y, sobre todo, del amor a Dios por el cual trasciendes al más allá.

De abajo para arriba, primero está el amor a la buena vida, a los alimentos, a las delicias del paladar, a la gula por amor de los manjares. Este es el más vital de los amores; no es la calidad ni la cantidad, es el entorno al paladar y la satisfacción del buen comer. Es la base de la vida, la buena y adecuada nutrición.

El amor del corazón, el puyazo que se siente al adivinar al ser con el cual compartirás la vida, la que va a ser la madre de tus hijos, la compañera fiel que encanecerá junto a ti, a la cómplice romántica del diario vivir, a la que festejaremos a besos en el cincuenta aniversario, a la que rezará en tu entierro o a la que rezarás en el de ella. Lágrimas brotarán del corazón incompleto al sentir la ausencia del compañero amado. Un gran amor que compartió el camino, una breve espera para volverse a ver junto a todos aquellos amados que partieron antes.

Y por fin, el gran amor, el amor a Dios, que no es más que la correspondencia debida y amorosa al Amor de los amores, el que formó tus huesos y te insufló el aliento, el que ya te amaba antes de conocerte, el perfecto Padre, la palabra viva, el ardiente amor, el amor que rescató, el que venció a la muerte y el que en Su Resurrección te arrastra hasta la eternidad.

El amor a Dios, señores, ¡es el perfecto Amor!

SAPIENTIA LDi
EDITORIAL