¡ CHARLA DE CAFÉ CON CHOCOLATE !

En un Café llamao "El Moro", a 400 metros de la Catedral, en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México sobre el Eje Central Lázaro Cárdenas # 42, todas las tardes -al menos tres veces por semana-, se reunían dos amigos que coincidieron en la Prepa de Lindavista, la Escuela Nacional Preparatoria No. 9, allá por el año 2000, en pleno nuevo milenio. Se hicieron muy amigos, pero ninguno de los dos pudo hacer una carrera universitaria.

Uno, llamado Julián, había estudiado Comercio con la esperanza de ser Contador Público, y e otro, llamado Roberto, tampoco había podido estudiar porque había que trabajar, y su ilusión había sido la Historia.

Así, la Prepa sólo ayudó para unir con fuertes lazo de amistad a estos dos inquietos jóvenes que, a pesar de no llegar a las aulas universitarias, tenían la costumbre de leer y estudiar por su cuenta. A Julián le gustaba la Geopolítica y todos los asuntos de los cambios sociales en el mundo, y a Roberto, por su parte, le encantaba la Historia y era un asiduo comprador de las librerías de usados de la calle Isabel la Católica o los de la calle Artículo.

De esta forma nuestros amigos se retroalimentaban en sus charlas de café sobre los conocimientos adquiridos por el otro en sus interminables charlas en el Café "El Moro".

Julián fue el primero en llegar y se sentó en el lugar de siempre, una mesa pegada a una columna cubierta de azulejos medio árabes, que decoraba un zoclo alrededor del lugar. El techo tenía las vigas de madera descubierta de las cuales colgaban unos faroles de cristal. Dejó un portafolios en la silla extra y esperó a que llegara el contertulio. Al poco tiempo llegó jadeando Roberto, que había sido víctima del tráfico tan común en la ciudad. Se saludaron con afecto y tomó asiento en la silla, dejando la tercera para acomodar la mochila en la que cargaba sus amados libros.

Esta vez los amigos no pidieron café, pidieron chocolate con churros ya que el Café "El Moro" era más bien una afamada churrería. La camarera, una linda pelirroja, se les acercó y después de saludarlos, les tomó la orden y se fue con la comanda hacia el mostrador. Entonces Julián le preguntó a Roberto:

-¿Ahora qué lees Roberto?

-Estoy leyendo algo de egiptología, relacionado con los sentimientos humanos.

-¿Cómo? ¿Qué tienen qué ver los sentimientos con el viejo Egipto?

-¡Aah! -exclamó Roberto-. Mucho de lo que sabemos en la actualidad de las antiguas dinastías del Imperio Nuevo son el resultado del amor y del temor que tenían los antiguos guardianes de las tumbas de sus reyes.

-A ver, a ver... Barájamela más despacio, dijo Julián. Entonces Roberto, acomodándose los lentes, miró a su amigo y le dijo:

-En la antigüedad y siempre ha habido gente impía y deshonesta que no respeta lo sagrado... En tiempos de Herodoto, el Padre de la Historia, ya nos narró hace más de 2,500 años, la irreverente costumbre de los ladrones por robar las tumbas reales de los reyes de Egipto.

-¿Cómo está eso?

En ese momento la camarera pelirroja trajo, con una bella sonrisa, dos humeantes tazas de chocolate con una fuente azucarada de churros recién fritos... Los amigos, dando la gracias, se dedicaron a dar un sorbo al espumeante chocolate, dejando su marca en el labio superior de ambos jóvenes.

-Así es, mi querido Julián... En aquellos años hubo una conspiración secreta de los sacerdotes del templo de Amón que, preocupados por el destino eterno de sus faraones, urdieron un plan para salvarlos del despojo y destrucción de sus momias, garantizando así que su "Ka" no tuviera tropiezo en el más allá...

-Oye Roberto, ¿Qué es eso del "Ka"?

-Bueno -respondió Roberto limpiándose un bigote de azúcar con canela-. El "Ka" era para los antiguos egipcios, algo así como el alma para nosotros, y debía estar sujeta a su momia; esto era garantía para el viaje al más allá. El egipcio de esa época vivía para su muerte. En ella invertiría su peculio para garantizar una vida más allá de la vida.

-¡Ooh! -exclamó Julián-. ¿Cómo así?

-Una de las actividades más relevantes en esa época era el arte funerario, o sea, todo lo que implicaba conservar el cuerpo para la eternidad, y los templos y sepulcros para depositar en ellos sus sarcófagos.

-¿Tanto así?

-Sí -respondió Roberto-. En Egipto de esa época, el pueblo dedicaba un año de cada veinte, a servir con sus talentos a la construcción de la tumba de su faraón de manera gratuita; no era como lo conciben en la actualidad, que eran millares de esclavos, no, lo hacían con gusto, reverencia y dedicación, como un servicio al dios viviente, que era el faraón y todo el pueblo intervenía... Mientras el pueblo por su parte dedicaba el resto de sus esfuerzos a prevenir el propio...

-¡Vaya, vaya! -dijo Julián. Era otro el objeto de la vida.

-Así es. Los egipcios vivían para la muerte y la eternidad... Así que cualquier acto humano para profanar el descanso eterno de los muertos era un crimen de "lesa eternidad".

-jJa, ja! ¡Qué cosas se te ocurren Roberto!

-Así fue como lo percibió un grupo de sacerdotes del clero de Amón por lo que consideraron en proteger a sus reyes en su viaje al más allá, conservando sus cuerpos embalsamados y se reunieron para trasladar a más de 40 faraones de sus tumbas y templos a un lugar llamado Devir el-Bahari, que serviría de protección por 3,000 años más, situado entre Karnak y Luxor. Su descubrimiento fue hasta 1881 en que unos campesinos persiguiendo una cabra encontraron por accidente una cámara oculta para depositar las momias para su supervivencia ultraterrena.

-¡Vaya, vaya! ¡Qué labor de estos piadosos sacerdotes de Amón!

-Sí -afirmó Roberto-. El más famoso de ellos fue sin duda, Ramsés II, el Napoleón egipcio. Duró más de 60 años en el poder y sobrevivió a la mayoría de sus herederos. Murió de 90 años en un tiempo en que la mayoría no vivía más allá de 35. A pesar de que el amor de su vida fue Nefertari, a su muerte tuvo muchas esposas y reconoció a más de 150 hijos. Una de las necrópolis más grandes jamás descubierta, fue la que mandó a hacer Ramsés II para sus 150 hijos. Este Hipogeo se conoce como KV5.

Cuando en 1881 descubrieron esta cámara fueron Ramsés II y las demás momias reales trasladadas al Museo de El Cairo. En 1902 la momia de Ramsés no se encontraba en un ambiente controlado y un cambio brusco de temperatura hizo que los tendones del brazo se contrajeran y levantara el brazo espontáneamente, que conmocionó a un grupo de científicos que estaban examinando el famoso faraón. De ahí surgieron las historias de la magia de las momias y de posibles maldiciones.

-¡Ooh! ¡Qué susto! -exclamó Julián-.

-Lo más curioso es que Ramsés tuvo un pasaporte.

-¿Cómo?

-Sí, el 28 de marzo de 2018 se hizo viral en las rede sociales una foto del pasaporte de Ramsés II, que se había sacado en Egipto en 1976 para viajar a Francia y someterse a un proceso de preservación. Tal parece que todo viajero, vivo o muerto, necesita un pasaporte para viajar al extranjero, y al recibir a Ramsés II en París, le dieron un recibimiento de Jefe de Estado, con todos los protocolos que requieren estos asuntos diplomáticos.

-¡Ja, ja, ja! -rio Julián mientras Roberto disfrutaba de un rico churro con canela.

Mientras Roberto se dedicaba a degustar su chocolate, Julián, por su parte, lo ponía a tanto de los asuntos del mundo: que si las elecciones en E.E.U.U., que la guerra comercial con China... Bagatelas comparadas con las andanzas eternas de Ramsés II.

-¿Sabías Julián, que Ramsés medía 1.90 mts. y que era pelirrojo... como la camarera?